9 de septiembre de 2026
¿Más ferias, más arte?

Hace una semana asistí a la conferencia N° 3 de Secretos de Coleccionistas, realizada en el Museo de Arte Decorativo, organizada por la revista BeCult. Un encuentro sobre coleccionismo, con referentes importantísimos en este ámbito como Juan Cambiaso, Aníbal Jozami, Irene Gelfman , Mariela Ivanier, y la presencia como moderadores de Claribel Terré Morell, directora de la Revista Be Cult y Hugo Pontoriero, director del Museo de Arte Decorativo. En un momento de la conversación, se les hizo una pregunta al panel aparentemente sencilla: frente a la cantidad creciente de ferias de arte que se realizan actualmente en Argentina, tanto en Buenos Aires como en distintas provincias, ¿esto es algo positivo o negativo para el mercado? La pregunta quedó resonando y abrió un pequeño debate en el panel, en el que se encontraban invitados relevantes: responsables de ferias de las más importantes de nuestro país, referentes del mundo del arte y coleccionistas de diferentes generaciones. No creo que sea una pregunta fácil de responder, ya que detrás de ella aparecen otras menos evidentes: ¿cuánto puede expandirse un mercado? ¿Qué significa que haya cada vez más espacios de circulación comercial para el arte? ¿Más ferias implican necesariamente más oportunidades para los artistas? ¿Más circulación significa democratización? ¿Y qué sucede cuando participar, circular y ser visible empiezan a convertirse, además, en condiciones cada vez más necesarias para formar parte del campo artístico? Como asistente me pregunté en ese momento si no deberíamos desmenuzar un poco el interrogante inicial y en lugar de pensar en cuántas ferias puede soportar el mercado, reflexionar sobre qué tipo de campo artístico estamos construyendo cuando la participación, la visibilidad y la circulación comercial se convierten cada vez más en condiciones para existir dentro de él. Expandir el mercado La expansión de las ferias de arte no es un fenómeno exclusivamente argentino. En las últimas décadas, la feria se convirtió en una de las principales formas de encuentro entre galerías, artistas, coleccionistas, instituciones y otros agentes del mundo del arte. No es solamente un lugar donde se venden obras: es también un espacio de encuentro, de construcción de relaciones, de observación, de legitimación y de posicionamiento. Creo que todos estamos de acuerdo en esto. Howard Becker, al pensar el arte como un “mundo de cooperación”, permite entender que una obra nunca circula de manera aislada. Detrás de ella existe una red de artistas, galeristas, curadores, críticos, instituciones, proveedores, coleccionistas y públicos que hacen posible tanto su producción como su circulación. En ese sentido, las ferias importan porque concentran temporalmente muchas de esas relaciones. Son lugares donde se producen encuentros que pueden exceder ampliamente la transacción comercial, y ampliar y concentrar las discusiones contemporáneas en las que el arte tiene tanta influencia. Pero esa misma concentración genera una fricción: si la feria se vuelve un espacio cada vez más importante para estar dentro del campo, participar deja de ser solamente una oportunidad y puede comenzar a funcionar como una obligación. Un artículo reciente de James W. Riley y Ezra Zuckerman Sivan plantea justamente esta cuestión: determinados mercados o plataformas pueden generar una suerte de coerción a la participación, porque los actores temen quedar fuera de los circuitos de reconocimiento. La feria, sabemos, no solamente ofrece la posibilidad de vender: también ofrece la posibilidad de ser visto, de establecer relaciones y, sobre todo, de no desaparecer de determinados mapas. Esto introduce una pregunta más importante para los que estamos dentro del ecosistema del arte, tanto a nivel institucional como dentro del circuito comercial, y pensamos siempre estrategias de gestión para que los artistas vivan de su trabajo: si cada vez hay más ferias, ¿la proliferación amplía las posibilidades de participación o genera una nueva obligación a las galerías y a los artistas de participar? Porque participar tiene costos. Para una galería implica producción, transporte, montaje, personal, viajes, alojamiento y una inversión que no siempre se recupera con las ventas. Para un artista puede implicar producir más, adaptar formatos, pensar obras transportables, establecer determinados rangos de precios o privilegiar aquellas piezas que tienen mayores posibilidades de ser comercializadas. La expansión del mercado puede, así, ampliar las oportunidades y al mismo tiempo aumentar las exigencias para permanecer visible, haciendo la tarea de los gestores, artistas, curadores parte del agotamiento que vivimos por la sobrecarga (autoimpuesta o no tanto) tan característica de nuestro tiempo. Y sabemos también que una feria no es solamente una feria: las investigaciones sobre ferias de arte muestran que por supuesto estos eventos son también dispositivos de construcción de valor. Olav Velthuis ha estudiado cómo los precios de las obras de arte no funcionan únicamente como indicadores económicos. El precio también comunica, clasifica y produce significado, ya que el precio de una obra puede sugerir trayectoria, reconocimiento, exclusividad o pertenencia a determinado segmento del mercado. Franz Schultheis, a partir de su investigación alrededor de Art Basel, muestra algo similar: en el mercado del arte existen reglas, códigos y formas de conocimiento que no siempre están explicitadas, pero que los participantes aprenden a reconocer muy bien, y saber cómo funciona una feria, cómo se recorre, qué mirar, con quién hablar, qué precios interpretar y cuáles son los nombres que importan también constituye una forma de capital. Esto vuelve más compleja la idea de democratización cuando pensamos que no todas las personas que asisten a las ferias poseen este capital cultural, sino que las recorren con una actitud más contemplativa y despreocupada hacia las obras, o solamente por asistir al evento en sí mismo; sin embargo esto es igualmente válido y necesario. Una feria puede abrir sus puertas a más personas, ampliar el acceso físico a las obras, reunir galerías de diferentes procedencias, incorporar nuevos artistas y generar nuevos públicos. Pierre Bourdieu mostró hace tiempo que el acceso a los bienes culturales está atravesado por diferentes formas de capital cultural. No alcanza con que una obra esté disponible o exhibida: también es necesario contar con determinados códigos para poder reconocerla, valorarla y, eventualmente, incorporarla como parte de nuestro bagaje simbólico, de nuestro conocimiento acerca de un artista o un determinado movimiento o época dentro de la historia del Arte o a nuestras propias prácticas. Entonces, ¿qué significa democratizar el mercado del arte? ¿Que más personas puedan entrar a una feria? ¿Que más personas puedan comprar una obra? ¿Que aparezcan nuevos coleccionistas? ¿O también que más personas puedan acceder a los conocimientos y códigos necesarios para moverse dentro de ese mundo? Las preguntas siguen y se ramifican. ¿Más centros con las mismas jerarquías? En Argentina, la discusión adquiere una dimensión particular. Durante décadas, Buenos Aires concentró buena parte de las instituciones, galerías, coleccionistas, circuitos de legitimación y oportunidades profesionales vinculadas al arte contemporáneo. Esta concentración no es solamente económica. También es simbólica: determina, en buena medida, dónde se construye reconocimiento y qué circuitos tienen mayor capacidad para otorgarlo. En los últimos años, sin embargo, algo parece estar cambiando. El crecimiento de ferias y mercados en distintas provincias introduce nuevos puntos de circulación y pone en cuestión aquella estructura históricamente centralizada. Más allá del caso de la feria pionera en Buenos Aires, arteba, con sus programas, visitas internacionales y actividades satélite súper intensas, en 2026, por ejemplo, MAPA reunió en Buenos Aires más de 40 galerías y cerca de 400 artistas. Mientras que la última edición de La Plateada, hace unos días, tuvo una convocatoria de más de 10.000 visitantes, reuniendo a 39 galerías y proyectos de arte de 14 localidades bonaerenses, y sumó este año una isla editorial a su propuesta; MAC Mercado de Arte Córdoba, por su parte, lleva varios años consolidándose como una plataforma regional y señala explícitamente cómo su existencia ha impulsado el desarrollo de nuevos mercados y ferias en otras provincias. Y así varias ferias más en diferentes regiones que van armando su propia lógica organizativa y de participación y es en algunos casos también el propio Estado que viene acompañando este proceso, a través de políticas orientadas al fortalecimiento de mercados culturales y circuitos federales. La expansión territorial parece, entonces, una buena noticia. Pero quizás haya que hacer una distinción: que aparezcan nuevos centros no significa necesariamente que se modifique la estructura del campo. Alain Quemin ha estudiado cómo la globalización del mercado internacional del arte produce simultáneamente procesos de descentralización y de concentración. Aparecen nuevos lugares, nuevas ferias y nuevos circuitos, pero las jerarquías pueden persistir dentro de esas nuevas geografías. La pregunta podría trasladarse entonces al contexto argentino: ¿La proliferación de ferias produce realmente una multiplicación de centros o simplemente reproduce las jerarquías existentes en nuevos lugares? Una feria provincial puede ser un espacio de autonomía y construcción de escena local. Pero también puede terminar funcionando como una plataforma cuyo principal objetivo sea demostrar que esa escena puede ser reconocida o vista desde Buenos Aires. La diferencia está, creo, en lo que sucede después, y si realmente las repercusiones de este movimiento que se produce hacia las nuevas ferias que priorizan la escena artística o el circuito del arte más emergente local, generan un impacto sostenible para las economías artístico-culturales regionales. Y aca abrimos nuevos interrogantes acerca de si se generan coleccionistas locales, si se fortalecen las galerías y los artistas de la región, si se producen intercambios entre distintas escenas, si las obras circulan hacia otros territorios o si el éxito continúa midiéndose principalmente por la capacidad de ingresar al circuito porteño. El mercado también produce lo que puede circular También hay otra cuestión que resulta especialmente interesante cuando pensamos en la proliferación de ferias: su relación con la producción artística. Una feria necesita obras que puedan ser transportadas, exhibidas, almacenadas y vendidas en un período de tiempo muy breve. Esto parece una cuestión meramente logística o práctica, pero puede tener consecuencias sobre aquello que efectivamente circula, y que también es necesario nombrar: el condicionamiento de los artistas a producir determinadas obras más “vendibles”. Las investigaciones de Tina Haisch y Max-Peter Menzel sobre las ferias de Basilea son particularmente sugerentes en este punto. Los autores entienden la feria como un “mercado temporal”, un dispositivo que organiza en un espacio y un tiempo acotados una serie de mecanismos destinados a producir valoración y facilitar decisiones. La feria no solamente muestra un mercado existente: también crea determinadas condiciones para que ese mercado funcione. Y si esas condiciones comienzan a ocupar un lugar central dentro del sistema artístico, aparece una pregunta inevitable: ¿Las ferias amplían la circulación de la producción artística o comienzan, también, a moldear qué tipo de producción artística resulta más fácilmente circulable? Georgina Adam ha señalado, desde otra perspectiva, la presión que la expansión del mercado puede ejercer sobre la producción: más galerías, más ferias y más demanda pueden generar también la necesidad de producir cada vez más obras. No se trata de afirmar que toda obra contemporánea se produce pensando en una feria, porque afortunadamente nuestros artistas cuentan con otros circuitos formativos o comerciales (clínicas, residencias, museos, open studios) en donde sabemos que esas limitaciones no tienen un lugar central (y este tema da para desarrollarlo en otro artículo). Pero sí vale la pena preguntarse qué ocurre cuando determinados formatos, escalas, materiales o rangos de precios encuentran más fácilmente un lugar dentro de estos circuitos y dejan de lado algunas prácticas valiosas por no considerarlas “coleccionables”. ¿Qué sucede con las prácticas que necesitan tiempo, espacio o condiciones de exhibición que una feria no puede ofrecer? ¿Qué ocurre con aquello que no se adapta fácilmente a la lógica de la venta? Quizás allí aparezca uno de los límites más interesantes de la expansión del mercado: la diferencia entre ampliar aquello que puede circular y ampliar aquello que puede existir. Y desde mi experiencia personal, dedicada al ámbito institucional y al trabajo con artistas en talleres, puedo decir humildemente que mi visión es que en momentos de mayores dificultades, en nuestro país se generan redes increíbles que siguen haciendo posible la investigación artística prolífica y la aparición de nuevos lenguajes, tópicos y materiales. Y en este sentido, las ferias son actores fundamentales cuando, como decíamos al principio, pueden vincular estos “nuevos aires” siempre bienvenidos, con académicos, curadores, coleccionistas, artistas emergentes y consagrados, galeristas, críticos y nuevos públicos, y generan este intercambio que va más allá de un objetivo meramente comercial. Y hay, finalmente, volviendo a una lógica de mercado de arte, una paradoja que atraviesa todo este proceso: el mercado necesita expandirse. Necesita nuevos compradores, coleccionistas, nuevos artistas, nuevas galerías y nuevos territorios. Y como el valor simbólico del arte también se construye a partir de la diferencia, vale la pregunta sobre cómo se sostiene lo que se considera excepcional dentro de este buscado crecimiento. Bourdieu mostró cómo los procesos de distinción permiten establecer jerarquías dentro de los bienes culturales. En el mercado del arte, esa necesidad de diferenciar puede resultar particularmente intensa: si todo está disponible, todo circula y todo puede convertirse en mercancía, ¿cómo se sostiene aquello que se considera extraordinario? La expansión puede necesitar, entonces, producir nuevas formas de exclusividad. Más ferias pueden significar más acceso, pero también más necesidad de distinguir una feria de otra. Más artistas pueden significar más diversidad, pero también una mayor necesidad de establecer jerarquías. Más obras pueden significar mayor circulación, pero también una mayor presión por determinar cuáles son aquellas que merecen ser miradas, coleccionadas y legitimadas. La paradoja es que un mercado que busca ampliarse necesita, al mismo tiempo, producir diferencias. Y quizás allí esté uno de los puntos más delicados de pensar la democratización del arte desde el mercado. Entonces, ¿más o menos ferias? Ampliar esta pregunta me parece más atinado para que la respuesta no tenga que ser más o menos, sino directamente pensar las ferias no solo como unidades comerciales, sino como una pieza dentro de un ecosistema mucho más amplio, que sabemos que lo son. Porque una feria puede vender obras. Pero también puede construir públicos, generar coleccionistas, conectar artistas de distintas regiones, producir redes, fortalecer escenas locales. Puede permitir que una práctica artística encuentre reconocimiento sin tener que atravesar necesariamente todos los circuitos tradicionales. También puede incentivar a los jóvenes artistas, profesionales o coleccionistas a involucrarse en un nuevo universo apasionante. Y también puede reproducir jerarquías, imponer nuevas exigencias de participación, homogeneizar ciertos modos de producción o reforzar la necesidad de estar permanentemente visible. Por eso, quizás la pregunta no sea si necesitamos más o menos ferias, sino qué queremos que produzcan esas ferias además de ventas. Si la proliferación solamente amplía el número de obras que pueden ponerse a la venta, estamos frente a una expansión del mercado. Si además amplía quiénes pueden producir, mirar, conversar, coleccionar, participar y construir valor alrededor del arte, entonces quizás estemos frente a otra cosa: no solo una expansión del mercado, sino una ampliación de los circuitos de acceso, circulación y producción de capital simbólico. En definitiva, el desafío no parece ser solamente federalizar el mercado, sino preguntarnos qué tipo de campo artístico queremos construir a partir de esa expansión. Por eso creo que la verdadera medida de una feria no está únicamente en cuántas obras vendió, cuántos visitantes recibió o cuántas galerías y cuales participaron. Tal vez es igualmente importante qué relaciones dejó instaladas cuando terminó, qué nuevos actores pudieron entrar en conversación, qué escenas logró conectar y qué posibilidades abrió para aquello que todavía no tenía un lugar dentro del mapa. Porque en momentos en los cuales la racionalidad del mercado está por encima de todo, apostar también a los vínculos, a observar, a construir redes, a juntarse para recorrer circuitos, visitar talleres o conversar, puede ser revolucionario y vital.
Bibliografía principal Bourdieu, Pierre. “The Market of Symbolic Goods.” Poetics, vol. 14, 1985, pp. 13–44. Becker, Howard S. Art Worlds. Berkeley: University of California Press, 1982. Haisch, Tina y Max-Peter Menzel. “Temporary Markets: Market Devices and Processes of Valuation at Three Basel Art Fairs.” Environment and Planning A: Economy and Space, vol. 55, n.º 2, 2023, pp. 237–254. Quemin, Alain. “International Contemporary Art Fairs in a ‘Globalized’ Art Market.” European Societies, vol. 15, n.º 2, 2013, pp. 162–177. Morgner, Christian. “The Evolution of the Art Fair.” Historical Social Research, vol. 39, n.º 3, 2014, pp. 318–336. Velthuis, Olav. Talking Prices: Symbolic Meanings of Prices on the Market for Contemporary Art. Princeton: Princeton University Press, 2005. Yogev, Tamar y Thomas Grund. “Network Dynamics and Market Structure: The Case of Art Fairs.” Sociological Focus, vol. 45, n.º 1, 2012, pp. 23–40. Riley, James W. y Ezra W. Zuckerman Sivan. “Coercion from Autonomization: How (Art) Market Platforms Necessitate Participation via a Fear of Not Being Recognized.” Socio-Economic Review, 2026.